Cómo leer los rastros: qué ocurre en las instalaciones cuando no hay nadie
Los excrementos, las marcas de roeduras, las huellas en el polvo y el olor revelan el tamaño de la población y el tiempo que lleva presente con más precisión que una observación puntual.
Ver un roedor en el almacén durante el día es algo poco frecuente y, por lo general, una mala señal: cuando la población es elevada, los animales se ven obligados a salir a horas inusuales. Sin embargo, lo habitual no es partir de una observación directa, sino de los rastros. Estos se interpretan con bastante claridad.
Los excrementos son la principal fuente de información. Los del ratón tienen el tamaño de un grano de arroz; los de la rata llegan a un centímetro y medio. Los frescos son oscuros y blandos; los antiguos, grises, secos y se desmenuzan al presionarlos. Este indicio permite saber si el punto está activo ahora o si los rastros quedaron de la temporada pasada.
Las roeduras. Una roedura fresca en la madera es más clara que la superficie que la rodea; una antigua se oscurece. También es indicativo el tipo de daño: los agujeros redondos y cuidados en el embalaje suelen ser obra de un ratón; los daños grandes e irregulares y los socavones, de una rata.
Las marcas de grasa. Las ratas recorren las mismas rutas a lo largo de las paredes y dejan franjas oscuras y brillantes en los zócalos, las esquinas y las tuberías. Es el indicador más fiable de dónde colocar exactamente los puntos: el recorrido queda a la vista.
Las zonas de polvo. Un método sencillo consiste en espolvorear las zonas sospechosas con una capa fina de harina o talco y observar al cabo de un día. Las huellas de las patas y de la cola mostrarán tanto la presencia como la dirección del movimiento.
La utilidad práctica es que la inspección no solo permite saber si hay roedores, sino que también proporciona un mapa. Los puntos colocados en las rutas encontradas son varias veces más eficaces que los distribuidos uniformemente «por si acaso».