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Guardamos la ropa de invierno: cómo no entregársela a las polillas

Guardamos la ropa de invierno: cómo no entregársela a las polillas

El error principal se comete al guardarla y se descubre seis meses después.

La polilla de la ropa daña la lana, el cachemir, la piel, el fieltro y otras fibras naturales. Más exactamente, no los daña la mariposa que vuela por la habitación —ni siquiera tiene un aparato bucal funcional—, sino sus larvas. Ver una polilla volando solo significa una cosa: en algún lugar cercano ya hay huevos depositados.

El principal error se comete al guardar las prendas. A la polilla no le atraen las fibras en sí, sino los restos de sudor, grasa cutánea, comida y bebidas que quedan en el tejido. Una prenda de lana limpia le resulta mucho menos interesante que una usada. Por eso la regla es sencilla y casi siempre se ignora: solo se guarda lo que se ha lavado o limpiado.

A continuación, por orden de importancia:

  • fundas herméticas o bolsas de vacío en lugar de estantes abiertos;
  • sequedad: en un armario húmedo las larvas se desarrollan mejor;
  • revisión periódica cada dos meses, especialmente de los rincones más alejados y los estantes superiores;
  • ventilación y sacudido de las prendas durante la revisión.

Los productos repelentes con lavanda o cedro tienen sentido como complemento en un armario que ya está limpio, pero no como sustituto del lavado ni como medio para combatir una larva ya presente. Si ya se han detectado daños, hay que revisar todas las prendas, limpiar el armario y utilizar trampas para controlar la población: por el número de ejemplares capturados se sabrá si se ha resuelto el problema o si el foco persiste.